El tamashi de mi padre

Tamashi son esos últimos diez pasos de un maratonista, que toma caminando o gateando, cuando lo único que le quedan son las ganas

Una tarde de febrero, hace año y medio, mi padre se cayó por última vez. Salía de un restaurante, como corresponde, y se le resbaló el bastón. Sus médicos, amigos y familiares le insistían que usara andador, pero su carácter no se lo permitía. Su cadera sufrió una lesión en el acetábulo, donde la cabeza del fémur se une a la cadera. Se rompió en pedacitos, como un vaso que cae.

Decidimos que los riesgos de una cirugía eran demasiado grandes para un hombre de 87 años, con cirrosis, diabetes y unos riñones que andaban a medias, así que el ortopeda indicó tracción, y con una bolsa de agua amarrada a su pierna, mi padre regresó a su casa al cabo de pocos días en el hospital. Los números dicen que no debiera haber durado mucho, confinado a una cama, con el riesgo de pulmonía o embolia. Nadie pensó que caminaría de nuevo. Pero el hombre tenía tamashi.

Tamashi son esos últimos diez pasos de un maratonista, que toma caminando o gateando, cuando lo único que le quedan son las ganas. Es esa última hora de estudio, a las tres de la mañana, porque a las ocho comienza la reválida. La palabra es japonesa, significa algo como “espíritu indomable”, y se usa en las artes marciales para indicar cuando un karateca se mantiene de pie cuando todo su cuerpo le dice que caiga. En el boxeo le llaman “corazón”. Y mi padre lo tenía.

Las atenciones de los terapeutas físicos parecían más caricias que otra cosa, así que con el entusiasta consentimiento de mi padre, en cuanto volvió a la casa comencé a trabajar con él como si estuviera en un gimnasio. Cuando estaba en la cama, él recogía sus rodillas, yo reposaba mi pecho sobre sus pies y él empujaba hasta estirar sus piernas. Le agarraba las manos a los lados y él las forzaba a unirse al centro de su pecho. Cuando pudo usar silla de ruedas, le busqué unas pesitas de cinco libras y unas bandas elásticas. Le hacía presión en los pies y él extendía las piernas, lo hacía soplar como saxofonista asmático para su terapia de pulmón. Lo torturaba a diario de mil maneras y poco a poco se fue poniendo más fuerte.

“Jose, no puedo más”, me decía como parte de su rutina. “Pues entonces vamos a añadirle dos repeticiones”, le contestaba. Y después de mirarme un rato como perrito triste, siempre las hacía. Elevaba su palillo de brazo y con sonrisa de vencedor, chocaba cinco. Una tarde, con mucho esfuerzo, lo elevamos y pusimos sus dos manos en un andador. Tomó un paso. Pasaron unos días y tomo dos, después cinco, y acercándose al final de su vida, antes de quedar en cama sus últimos días, caminaba de un lado de la sala al otro.

Una noche, cuando trabajábamos con un plan de metas en los varios aspectos de su vida, le pregunté quién quería ser. “Quiero ser útil”, contestó. Estaba enfermo de muerte, en una silla de ruedas, perdiendo sus facultades, y quería ser útil. Eso es tamachi.

¿Dónde está tu tamashi? ¿Qué te hace sentir vivo y encontrar donde piensas que no queda más? Esta semana, encuentra algo donde creas que has llegado a tu límite. Y haz dos repeticiones más.

 

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